Buscando las viejas gafas

“Un día faltó a casa por la noche, me puse como loco, la anduve buscando por todas partes, y al día siguiente supe por una carta seca y muy breve que se había ido lejos, muy lejos, con otro hombre…”.

En un banco mugre y bajo una noche muy gris, un viejo hombre palpa el suelo del pequeño jardín.

Y doy otra vuelta en mi cama, es brusca y me despierta. No, sigo allí, le sigo viendo, él sigue buscando. Y me enzarzo en mi sueño con el hombre taciturno, ya entrado en años, melancólico y romántico.

_ ¿Qué busca don Miguel con tanto anhelo?

_ Busco mi infancia aquí pedida y cierro los ojos  para ver.

_ ¿Para ver?

_ Para ver a mi esposa, para ver a mis hijos, para ver mi historia y cómo ha sido contada. Para ver mi fe, la que tuve, la que perdí en los hombres. Para ver mi vida inmortal.

_ ¿Pero qué busca don Miguel en el suelo?

El anciano calla, esconde sus palabras en su larga barba blanca, deshilachada, apoyada en un jersey negro, de cuellos que fueron blancos y una chaqueta raída por el tiempo, más negra que la noche sin luna.

_ ¿Qué le apena Don Miguel?

Y saca de su bolsillo unas  migas de pan, las amasa, sin levantar sus rodillas de suelo. Las amasa, las amasa…

_ Tu desconfianza me inquieta, me dice don Miguel al punto de recoger unos  redondos  cristales que se coloca en sus ojos.

_ ¿Ha encontrado lo que buscaba don Miguel?

Y me mira con otra mirada. Parece la mirada de un niño que no atina a comprender por qué siempre su pasión, su revolución de pensador nunca fue más allá de su propia revolución interior.

Cierro el libro, su título va con la noche: “Niebla”, la niebla de Miguel de Unamuno, la niebla que nunca abandonó sus paradojas. Y al momento, desperté.

 

*Relato sobre la figura de Miguel de Unamuno (Bilbao 1864-Salamanca 1936).

*Fotografía: Campus universitario de la UPV/EHU Leioa-Bizkaia