Isaac Asimov, cien años de ficción inacabada

Isaac Asimov nació un 2 de enero de 1920 en Petróvichi (Rusia), si bien con tan solo tres años emigró con su familia a Nueva York (Brooklyn). Dicen que nunca llegó a aprender ruso. De las revistas de ciencia ficción que encontraba en los estantes de una tienda de golosinas que regentaba su padre, salió la afición de Asimov por este estilo literario. En 50 años escribiría casi 500 libros. Algunas de sus obras se han llevado a la gran pantalla (ejm. Yo, robot) y muchos de sus libros han resistido a la especulación de sus predicciones, muchas de ellas cumplidas. En este 2020 se cumplen cien años de su nacimiento bajo la premisa de que su obra, una ficción muy científica, podría aún cumplir algunas de sus predicciones.

Comenzó a escribir en su adolescencia temprana y, a los 19 años, empezó a publicar sus relatos de ciencia ficción en las revistas de ficción llamadas “pulps”. Fue un candidato perfecto para especular sobre el futuro, ya que sus historias cogieron mucha popularidad por su acento académico: Asimov era bioquímico y profesor universitario. Sus relatos contemplaban la divulgación científica por la que tenía gran interés.

Una de sus más llamativas predicciones fue el uso “indispensable” de las computadoras en el 2019 y si bien no predijo el Internet como tal, si la existencia de una comunicación entre personas y distintos lugares (smartphone), es decir, comunicaciones audiovisuales. Pero algo que “aún” no ha llegado a suceder, su ficción inacabada, es que la computadora se hubiera vuelto un elemento central en la educación, dejando al profesor como mero guía de la enseñanza.  En este sentido y en algunas entrevistas Asimov ya dejaba entrever que se formarían grandes bibliotecas accesibles desde las computadoras y que cualquier persona a cualquier edad, siempre que tuviera curiosidad por aprender, tendría la oportunidad de hacerlo (internet). Porque entendía que la educación no debería ser obligada, sino elegida por vocación, interés o disfrute.

Un hombre increíble que vio el futuro. Vio utilizar los recursos de la Luna, aunque no se volvió a repetir la hazaña de 1969; pero si la llegada de expediciones  no tripuladas a Marte. Leyendo sus libros crees que lo que aún no se ha cumplido, llegará, que somos en este planeta “algo lentos”.

El aburrimiento, la epidemia del siglo XXI

La humanidad sufrirá gravemente la enfermedad del aburrimiento, dejó escrito, como refiriéndose a una epidemia en el siglo XXI. “Esto tendrá repercusiones mentales, emocionales y sociológicas muy serias, y me atrevo a decir que la psiquiatría será la especialidad médica más importante en 2014”, dijo en 1964.

Leyendo a Asimov detenidamente caben dos posibilidades: que sea un hombre del futuro que volvió atrás en el tiempo para abrir las mentes a la tecnología o  que para que algo se materialice en la vida real, primero ha de ser diseñado por la imaginación.

Predijo que los robots ayudarían a los seres humanos en las tareas domésticas y se va cumpliendo; que las televisiones serían sustituidas por pantallas en las paredes, cumplido; y que los coches levitarían unos centímetros del suelo y que habría aceras móviles en las calles, esta dos últimas ¿podrían cumplirse?.

Yo, robot (2004)

‘Yo, Robot’ es una antología de relatos cortos publicada por Isaac Asimov en 1950 donde se recogen las leyes de la robótica que Asimov había diseñado unos años antes junto a John W. Campbell. Tres normas que los robots de sus novelas tienen implementadas y están obligados para cumplir:

  1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª Ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley.

La gran variedad de información que cubren los escritos de Asimov llevaron a Kurt Vonnegut a preguntarle en una ocasión: «¿Cómo se siente sabiéndolo todo?». Asimov le respondió que él solo sabía cómo se sentía al tener esta reputación de omnisciente: inquieto.